El verano también enseña: lo que aprenden los niños sin clase
Mochila vacía, despertador sin alarma, cuadernos cerrados. Y, de repente, parece que aprender también se ha ido de vacaciones. Pero basta mirar una tarde cualquiera para desmontar la idea: un niño que ayuda a cocinar lee una receta, calcula cantidades, sigue una secuencia y toma pequeñas decisiones; otro que recorre el barrio con su familia observa señales, identifica puntos de referencia, amplía vocabulario y se orienta; y quien juega una partida de cartas o un juego de estrategia planifica, anticipa movimientos, negocia reglas y aprende a tolerar que no siempre se gana.
Ese aprendizaje que ocurre casi sin avisar es el hilo conductor del último número de Innovación Educativa, la revista de Red Educa, dedicado a “El verano también educa”. Esta visión propone mirar las vacaciones no como una pausa educativa, sino como un cambio de escenario: desaparece el horario escolar, pero continúan la curiosidad, la convivencia, la exploración y la necesidad de resolver problemas reales. La maestra y psicopedagoga Ana Belén Salinas lo enmarca dentro de una “ecología del aprendizaje” en la que familia, comunidad, cultura y entorno digital también forman parte del desarrollo.
Cuando la vida cotidiana se convierte en aula
La vida cotidiana, de hecho, está llena de pequeñas situaciones con potencial formativo. Antonio J. González, graduado en Educación Primaria y Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de Red Educa, recuerda que participar es más valioso que limitarse a observar. Medir ingredientes en una receta activa planificación, memoria de trabajo y autocorrección; comparar precios en el supermercado introduce cálculo funcional; organizar una salida obliga a anticipar necesidades; orientarse con un mapa trabaja lectura espacial; y un juego con normas pone en marcha control inhibitorio, toma de decisiones y flexibilidad cognitiva.
Pero el verano no solo enseña a hacer. También enseña a parar. Javier Muñoz, pedagogo y orientador educativo en un colegio de Málaga, insiste en que “sin el descanso, no hay asimilación profunda”. Durante el curso, explica, los niños reciben una gran cantidad de información y necesitan periodos de menor estrés para afianzarla y convertirla en aprendizajes más duraderos. El juego libre cumple otra función decisiva: activa curiosidad, creatividad, autonomía y resolución de conflictos, habilidades que rara vez caben en una ficha de repaso.
Descansar, jugar y aburrirse también forman parte del aprendizaje
Ahí entra uno de los grandes protagonistas de las vacaciones: el aburrimiento. Lo que para muchas familias empieza con un “me aburro” puede convertirse, si no se tapa de inmediato con una pantalla o una actividad organizada, en el punto de partida de un juego inventado, una construcción improvisada o una nueva afición. Raúl Bermejo, docente, divulgador y autor, lo resume así: “El aburrimiento no es un fracaso: es el momento en que aparecen la creatividad y el juego”. Su propuesta no es dejar a los niños a la deriva, sino evitar la hiperagenda y devolverles tiempo para imaginar y decidir qué hacer.
También hay aprendizaje emocional. Caroline Levesque, manager de Academic Board, describe el verano como un laboratorio en el que se entrenan tolerancia a la frustración, paciencia, negociación, gestión del tiempo, empatía y construcción de identidad. Cuando desaparece parte de la estructura externa del colegio, niños y adolescentes tienen que empezar a regularse más desde dentro. Por eso ciertos cambios de humor, discusiones o momentos de apatía no siempre significan retroceso: pueden formar parte de ese reajuste.
Este enfoque también evita confundir aprendizaje con gasto. Ángel Garrido, experto en Educación Física y Pedagogía Terapéutica y nominado como mejor docente de España en 2024, recuerda que la desigualdad puede limitar viajes, campamentos o actividades culturales, pero no anula las oportunidades. Bibliotecas, parques, paseos por el barrio o cocinar juntos pueden generar experiencias educativas potentes cuando hay intención, conversación y presencia adulta.
Ni agenda llena ni barra libre de pantallas: encontrar el equilibrio
¿Y las pantallas? El reto, señala la pedagoga Andrea Carolina Rojas, es que la tecnología tenga propósito y no desplace sueño, movimiento, conversación y vida social. Un videojuego puede trabajar estrategia, coordinación o cooperación; el problema aparece cuando se convierte en la única alternativa de ocio.
La clave está, por tanto, en el equilibrio: descanso y cierta previsibilidad, libertad y algunos límites, propuestas y tiempo vacío. No hace falta convertir julio y agosto en una extensión del colegio para mantener vivo el aprendizaje. A veces basta con cocinar, salir al parque, conversar sin prisa, visitar una biblioteca, ayudar en casa, jugar con amigos o perderse un rato mirando las nubes. Porque en verano las asignaturas no desaparecen: cambian de formato. Y lo que parece un día cualquiera puede estar entrenando habilidades que acompañarán a niños y adolescentes mucho después de que vuelvan las clases.